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MICTLÁN

EL REINO DE LOS MUERTOS

Este era el lugar al que iban la mayoría de los muertos. 

 

Para arribar al Mictlán, el difunto debía esperar cuatro años, tiempo en el que era devorado por Tlaltecuhtli, la diosa de la tierra. Completado lo anterior, se iniciaba un viaje por los nueve niveles del inframundo mexica, explicados en varios códices y por fray Bernardino de Sahagún de esta forma:

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Cruzar el río Apanoayan.

Pasar desnudo en el Tepétl Monanamicyan, un lugar en el que constantemente chocan dos cerros.

   

Enfrentar a una culebra que resguarda un camino.

  

 Atravesar el Iztepétl o cerro de navajas.

   

Recorrer ocho cimas en las que cae nieve constantemente llamadas Cehuecayan.

Transitar otros ocho caminos en Itzehecayan, lugar donde el viento corta como navajas.

 

Caminar sobre el Apanhuiayo, un canal de aguas negras en el que habita una temida lagartija llamada Xochitonal.

 

Atravesar otro río, el Chiconahuapan, con la ayuda de un perro xoloitzcuintle.

 

Y finalmente, llegar al Itzmitlanapochcalocan, el recinto donde moran los dioses de la muerte.

Es este último lugar en el que el difunto se encontraba con Mictlantecuhtli, el dios del inframundo

Era el dueño y señor del lugar de los muertos, el Mictlán y gobernaba tal destino junto con su esposa Mictlancíhuatl.

 

Cuando la persona estaba ante la presencia de la deidad, debía darle las ofrendas con las que era enterrado: granos de maíz, frijol, piedras preciosas y otros productos vegetales. Dentro del arte, a Mictlantecuhtli se le ha representado de diversas formas, principalmente como un esqueleto u hombre con rasgos cadavéricos, sangre e incluso con su hígado expuesto. Es acompañado con diversos atavíos como penachos, sombreros, collares, cinturones y textiles de algodón. Una de las esculturas más populares del dios de la muerte se encuentra en el Museo del Templo Mayor, en la Ciudad de México.

 

Con la llegada de los españoles, el Día de Muertos no desapareció por completo, como otras fiestas religiosas mexicas. Los evangelizadores descubrieron que había una coincidencia de fechas entre la celebración prehispánica de los muertos con el día de Todos los Santos, dedicado a la memoria de los santos que murieron en nombre de Cristo.

La fiesta de Todos Santos inició en Europa en el siglo XIII y durante esta fecha las reliquias de los mártires católicos eran exhibidas para recibir culto por parte del pueblo. También había una sincronía con la celebración de los fieles difuntos, realizada justo un día después de Todos Santos. Fue en el siglo XIV cuando la jerarquía católica incluyó en su calendario dicha fiesta, cuyo propósito era recordar a todos los fallecidos por diversas pandemias, como la peste negra que asoló Europa.

Fue así como el Día de Muertos se redujo a tan solo dos días, el 1 y 2 de noviembre, aunque en otras regiones como Oaxaca y Puebla se extiende a varios días, pues se cree que aquellos que murieron de causas no naturales llegan días antes al hogar. Las costumbres prehispánicas de incinerar a los muertos o enterrarlos en el hogar fueron eliminadas y los cadáveres empezaron a depositarse en las iglesias (los ricos adentro y los pobres en el atrio).

 

Se adoptaron costumbres españolas, como el consumir postres con forma de huesos que derivaron en el popular pan de muerto y las calaveritas de azúcar. También comenzó la costumbre de poner un altar con veladoras o cirios, de esta forma los familiares rezaban por el alma del difunto para que llegara al cielo. De igual manera, se hizo tradicional la visita a los cementerios, los cuales fueron creados hasta finales del siglo XVIII, como una forma de prevenir enfermedades al construirlos a las afueras de las ciudades.

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